miércoles, 13 de diciembre de 2017

(3) El norte de la isla norte

Llegando en la furgotaxi del aeropuerto a recoger la nuestra, que nos daría un buen servicio

La configuración de Nueva Zelanda hace que la primera cuestión a resolver cuando se viaja a este antipodiano país sea decidir la ruta. La llegada es casi forzosa a Auckland, su principal ciudad pero no su capital (lo fue entre 1841 y 1865), ya que concentra las principales rutas aéreas. El dilema es optar por dirigirse al norte, la alargada punta de la isla, o bien enfilar hacia el sur. Nosotros optamos por la primera opción para hollar Cape Reinga, el extremo norte de Nueva Zelanda.


Pero, claro, tras un largo viaje, no era cosa de llegar a Auckland y salir pitando. Así que el programa incluía pasar una noche en la ciudad, en su extrarradio, para no liarnos con el tráfico, e iniciar la ruta a la mañana siguiente. De esta forma entrábamos en contacto con el país, con su tráfico british (por la izquierda) y visitábamos por primera vez un supermercado, lo habitual en estos casos. En lo relativo a la circulación rodada, en este primer escarceo rozamos ligeramente con el espejo una furgoneta, sin causar rasguño alguno, pero su propietario se puso inicialmente como una hidra. Nos hizo parar y empezamos a hablar. Nos temíamos lo peor, pero se ablandó al instante al saber que éramos turistas, nos felicitó por haber parado ("no todos lo hacen") y luego su interés era conocer datos del viaje. No fue una mala manera de comenzar: fuimos conscientes de que había que conducir con cuidado y palpamos también la amabilidad kiwi.


Sin mayores dificultades, ejerciendo Álvaro de copiloto al mando del correspondiente mapa en el móvil, localizamos la casa de alquiler a la que, como en casos posteriores, accedimos con una clave que nos dieron por teléfono al llegar al lugar. Un rato después, el dueño o encargado se personó para cobrar (portanto la maquinita para el pago mediante tarjeta) y ese fue todo el contacto que tuvimos, pero suficiente. El precio por una noche para todos fue de 227 euros. 





El Awesome Vacation Home fue una buena manera de empezar el periplo. La casa, bajo y planta, era parecido a cientos de los alrededores y, por lo que comprobaríamos más adelante, similar a gran parte de la ciudad, en cuyo centro hay edificios altos pero la mayoría de la gente vive en barrios de este tipo.


Era una vivienda confortable en la que descansamos con el intento, un tanto vano, de dejar allí mismo el jet lag. 


Nos preparamos nuestras primera cena en plan sencillo y a la mañana siguiente, después del desayuno, estábamos listos para lanzarnos a la carretera.


Salir de Auckland hacia el norte por la Costa Oeste nos permitió de inmediato confirmar que Nueva Zelanda es paisaje, fundamentalmente, todo verde (casi) y colinas tapizadas. Nos sentíamos francamente bien y animados, aunque viajábamos atentos a la carretera, más bien estrecha con un solo carril en cada sentido y eso que se trata de la principal. Nos sorprendió, pero con el paso de los días comprobaríamos que es el tipo de vía habitual y que soporta un gran tráfico, camiones incluidos (vehículos inmensos, muy limpios, como los que se ven en USA).


También disfrutamos de nuestro primer café, cuestión en la que siguen el sistema americano de cantidad sobre calidad, para nuestro gusto. Aunque, como viajeros aficionados, lo primero de todo es adaptarte. Y eso hicimos.


En esta primera jornada efectiva ya teníamos un plato fuerte, la visita al bosque de Waipoua, el de los grandes kauris, los árboles autóctonos de la isla norte, de los que quedan pocos pero ahora excepcionalmente vigilados.

El "centro de interpretación" del bosque de kauris aporta muy escasa información

Unos kilómetros antes del bosque se encuentra un centro de interpretación y nos pareció una buena idea documentarnos previamente. Tuvimos que desviarnos de la carretera y seguir por un camino sin asfaltar muy estrecho, lo que obligaba a hacer equilibrios con los vehículos que circulaban en sentido contrario. A posteriori nos percatamos de que no merecía la pena. Más que un centro de interpretación era una pequeña tienda de souvenires con cafetería, pero ya no tenía remedio.




Al adentrarnos por los caminos, bien marcados, para visitar los kauris más antiguos, primera sorpresa: al entrar y al salir era preciso limpiar y desinfectar las botas para evitar introducir semillas ajenas y modificar el hábitat. No lo habíamos visto nunca, aunque íbamos informados de que en el aeropuerto si vas con calzado de montaña te obligan a entregarlo para su limpieza. No fue nuestro caso, lo llevábamos reluciente.




El bosque es un lugar atractivo y cuenta con senderos de corta duración en los que se circula por paseos de madera, recubierta con una malla plástica para evitar resbalones, que te llevan a los principales árboles. Eso, si como en nuestro casi se trata de una visita rápida. Si no hay senderos más complejos y visitas guiadas de mayor duración.


La primera parada fue en Te Matua Ngahere, el más antiguo de todos (se estima que tiene 2.000 años) pero es el segundo por su tamaño aunque tiene 16 metros de perímetro. Otro más joven lo supera en tamaño: es el Tane Mahuta, con 51 metros de altura y 14 de diámetro. Se le atribuyen 1.200 años de existencia.


Pese a sus enormes dimensiones, se hace difícil calibrar su gran tamaño al estar integrados en el bosque rodeados de otros árboles. 


En cualquier caso, impresionan, y estuvimos un buen rato observándolos e imaginando lo que era aquella Nueva Zelanda plagada de bosques como este .


Aunque endémicos en su momento, la tala indiscriminada por parte de los europeos durante la colonización estuvo a punto de hacerlos desaparecer. Su forma rectilínea, su gran tamaño y la escasez de nudos y ramas bajas los hacían adecuados para construir barcos, mástiles, casas y hasta muebles.


Pese a su tamaño, son árboles frágiles y por ello evitan que se pisen las raíces o el terreno junto al tronco ya que los daña. Abundantes carteles piden a los visitantes que extremen las precauciones.


Lo majestuoso de los árboles y la jornada soleada nos permitió disfrutar del bosque, el más famoso de kauris en toda  la isla. Estaba plagado también de helechos arbóreos, todo un descubrimiento para nosotros y que por suerte nos acompañaría la mayor parte del viaje. Empezamos a saber por qué la hoja de helecho es el símbolo de NZ.


Tras un breve descanso con tentempié cerca del Tane Mahuta seguimos el viaje hasta Hokianga, donde teníamos que tomar un ferry para seguir viaje hacia el norte. Llevábamos pocas horas en NZ y sol nos acompañaba en todo momento, para nuestra sorpresa. Todo lo que habíamos leído señalaba que en este país llueve muchísimo, en algunos sitios hasta 300 días al año, pero de momento ni intuíamos el agua. Lo que entonces no sabíamos es que este tiempo despejado y soleado iba a ser la tónica de nuestro tour.


Seguimos unos kilómetros hasta llegar al embarcadero del ferry que nos iba a evitar un largo rodeo por carretera camino de Cape Reinga. Sale cada hora y llegamos justo cuando partía, así que tuvimos que hacer tiempo merodeando por la zona, donde encontramos una curiosa biblioteca, y unas tiendas .



Fue una travesía corta y agradable y después continuamos viaje a la población donde íbamos a pernoctar, Kaitaia.



Teníamos reserva en Waters Edge, una especie de motel aunque su configuración no es la típica de los norteaamericanos, sino algo más complicada. Lo mismo ocurría en su interior, con una distribución confusa, pero sin mayor problema para pasar una noche. Utilizamos dos habitaciones dobles y un apartamento para tres y, con desayuno incluído, nos costó 268 euros. 
Antes acudimos al isite, las excelentes oficinas de información salpicadas por todo el país, pero, claro,  llegamos a las siete de la tarde y había cerrado dos horas antes. Nos quedó claro para el futuro.


Para cenar nos recomencaron el Beach Comber. Optamos por la carne ya que el pescado que ofrecían era todo frito. Tomamos carne (venado, cordero empanado y solomillo), que nos gustaron. Comprobamos que los vinos tenían precios disparados y nos conformamos con cerveza, aún así a 10 dólares (6 euros). La cena nos salió a 30 euros, precio que, 5 arriba o abajo, sería la tónica del viaje.

Al día siguiente desayunamos en lo que parecía la casa de la familia que lo explota, en la que una niña de unos diez años,  antes de ir al colegio, ayudaba a su padre en este cometido. Incluyó huevos, bacon, cereales, algo de fruta, tostadas, café; no estuvo mal.



Desde Kaitaia hasta Cape Reinga hay una tirada, 111 kilómetros a través de la estrecha península de Aupouri que corona la isla norte, distancia que exige algo más de hora y media para recorrerla dadas las características de la carretera, pero no nos importó. El paisaje merecía la pena y disponíamos de tres conductores.



En su extremo, en la punta de la punta, se encuentra el faro que orienta a los barcos que circulan por esta zona. Allí se encuentran el mar de Tasmania con el oceáno Pacífico.


El choque de ambos mares provoca olas, como las de la foto, pero también frente al faro a cierta distancia de la costa, lo que provoca sorpresa por lo inusual.


El lugar rezumaba tranquilidad y pasamos un buen rato por la zona, relajados y paseando hasta el faro con un tiempo magnífico.


Para los maoríes, los pobladores originarios de las islas que se encontraron los europeos al descubrirlas (que llegaron de Polinesia sobre el año 1100), es un lugar mágico por el que pasan los espíritus de los muertos camino de la otra vida. Para los lectores de Sarah Lark es un lugar sobradamente conocido. 


Aunque ajenos a esa creencia, el lugar resulta majestuoso y cálido a la vez, y se ha convertido en un importante foco turístico. Eso sí, pese a lo agradable de la jornada lo disfrutamos con algunos grupos de personas pero ni mucho menos una avalancha.


Nos marchamos de la punta norte de la isla norte planeando alcanzar en la etapa final del viaje el extremo sur de la isla ídem, lo que casi casi conseguiríamos pese al obstáculo imprevisto de una carretera en obras y cortada.


La costa Oeste de la península está ocupada casi en su totalidad por Ninety Mile Beach, la playa de las 90 millas, aunque su longitud real es algo inferior (unas 55, que ya está bien). Parece ser que los primeros misioneros la recorrieron a caballo y calcularon su longitud por el tiempo que tardaron en recorrerla, lo que provocó la confusión.


Desde la carretera no es sencillo llegar a la playa, que solo hay cinco accesos. Está toda su perímetro bordeado por enormes dunas, como la que muestra la fotografía superior.


Tras algunas dudas, elegimos un acceso. Sin embargo, tuvimos que circular unos kilómetros por una carretera sin asfaltar hasta llegar a esta enorme extensión de arena totalmente virgen.


Se puede circular en vehículo por la playa, aunque hay riesgos si cambian las condiciones climáticas. También se ofrece el recorrido como actividad turística en todo terreno, pero renunciamos ya que nos pareció excesivo tiempo para disfrutar de un paisaje que no cambia.


La neblina dificulta la visión a lo lejos, por lo que no se percibe la inmensidad de este enorme arenal. Y desde este paraíso natural iniciamos la ruta hacía Paihía, donde teníamos reservado alojamiento .






martes, 12 de diciembre de 2017

(4) Explorando la costa este

Vista de Paihia desde nuestra casa de alquiler
No hay mucho que añadir a la imagen idílica de la Bay of Islands, en la que se encuentra Paihia, nuestra siguiente parada. La pudimos disfrutar desde nuestra casa (la Marlin House), donde pasamos una noche. Nos acomodamos en una especie de piso con cuatro habitaciones y dos baños. A pesar de que no cenamos en la casa, la verdad es que la cocina estaba superbien acondicionada y dotada con todo tipo de menaje. 


Los propietarios residían en una vivienda anexa y nos mostraron nuestros aposentos. Dado el buen tiempo, la terraza, con vistas maravillosas,  en la que desayunaríamos al día siguiente, resultó la pieza principal.


Es una de las ventajas de contar con cocina, como así fue en muchas ocasiones. Por lo demás, el apartamento fue amplio y bastante cómodo. Pagamos unos 225 euros por una noche.



Tras instalarnos, mientras un grupo hizo algo de compra el resto gestionó en el I Site los billetes del ferry que unos días después nos permitiría trasladarnos a la isla sur por el estrecho de Cook. Después dimos una vuelta por la agradable localidad de  Paihia, ya que no habíamos llegado a tiempo para pillar un barco que nos diera una vuelta por la bahía, tal y como teníamos previsto.



Dentro de la intendencia económica del grupo (siete personas un mes completo) fue vital disponer de splitwise, una aplicación que habíamos instalado todos en el móvil. Se encarga de llevar la contabilidad y da igual quien pague. Se anota y se indica a quien corresponde el gasto, realiza la división y organiza las deudas. Va modificándose con nuevos gastos y siempre se sabe cuánto ha pagado cada uno y a quien debe o quien le debe. Es magnífica y nos permitió desterrar los vetustos botes, por lo demás complicados en el extranjero. Hemos comprobado que ya no podemos viajar sin ella, aunque sean desplazamientos más sencillos, un alivio para nuestra habitual tesorera.

Además de gestionar el ferry futuro, esa misma tarde cruzamos en barco a Russell, al otro lado de la bahía.


Fue un desplazamiento corto, al estilo de cruzar la ría deVigo, e igual de agradable.



Pese a tratarse de una pequeña localidad (no llega al millar de habitantes), Russell tiene mucha historia: fue el primer asentamiento europeo en NZ y también el primer puerto del país. Y allí está igualmente la iglesia más antigua.


Ajenos a tanta historia y edificios singulares, un hito en un país tan joven, nos dedicamos a pasear, disfrutar del paisaje y el pueblo y a bromear, todo ello antes de ir a cenar. Sí nos dimos cuenta que es un apreciado lugar de veraneo para los neozelandeses por ser de las zonas con mejor temperatura.


Elegimos The Gables y esta vez optamos por especialidades de pescado, excepto algunos que se dejaron seducir por el anuncio del mejor fish and chips de NZ... y luego miraban con envidia los pescados sin rebozar. La cena estuvo bien, pero el servicio fue excepcionalmente lento y el local disponía de una iluminación tan escasa que parecía de los primeros pobladores. 


Después de cenar retornamos por la misma vía marítima a Paihia disfrutando de la vista nocturna. Teníamos ganas de ir a la cama, pues aunque iban pasando los días el jet lag seguía. A la vuelta, ya en Galicia, se repetirá la situación, incluso agravada. 

En la Marlin House, antes de acostarnos, cerramos la operativa del periplo sacando los billetes de avión de Cristchurch a Auckland (final del viaje), que costaron menos de 100 euros cada uno, maleta incluída. 

Pese al cansancio vespertino, a la mañana siguiente veíamos todo de otro color desde la terraza. Aunque la casa estaba bien, tuvimos problemas con la wifi, que tardó en estar disponible. En general funcionó bien durante el viaje, con la excepción de moteles que solo daban acceso limitado en datos, con lo que inevitablemente pasado un rato se terminaba y debías pagar o quedarte sin Internet. En otros fue totalmente libre y con elevada velocidad, lo que agradecimos para poder estar en contacto con nuestra gente y también informados. Solo hubo un sitio donde no hubo wifi de ningún tipo en el Parque Nacional Tongariro.


Si Russell fue el primer asentamiento, muy cerca de Paihia, en Waitangi, se escribió la historia moderna de Nueva Zelanda con el famoso acuerdo suscrito con los maoríes de 1840. Pese a su confusa redacción, se considera un documento fundamental de NZ y los pobladores nativos entendieron garantizados sus derechos.
Existe un museo dedicado a analizar con detalle el tratado (foto inferior), pero la visita superaba las dos horas, con las que no contábamos y el precio nos pareció elevado para una visita guiada en inglés de NZ que no íbamos a entender. Prescindimos y lo cambiamos por un paseo reposado por la playa cercana.


De seguido proseguimos ruta en dirección a Orewa (196 kilómetros, dos horas y 40 minutos de coche), recorriendo la cara este del norte de la isla, casi siempre lejos del mar. Antes hicimos una larga parada en Whangarei Falls, llamativas cascadas situadas muy cerca de la ciudad del mismo nombre.


No son las de Iguazú ni su altura es extraordinaria (25 metros), pero conforman un escenario agradable y refrescante. Aquí un video.



Son muy conocidas y presumen de ser las más fotografiadas del país.


Descendimos a su base y dimos un paseo por un área boscosa que destaca por su vegetación autóctona y densa.



Whangarei es la urbe más septetrional de NZ (75.000 habitantes) y, como todas, está muy extendida ya que los edificios en altura, fuera del centro de las grandes ciudades, son una rareza.


Tiene un área muy cuidada junto al puerto deportivo, lleno de tiendas y restaurantes, donde nos detuvimos hasta el momento marcharnos.


La carretera hasta Orewa nos pareció un tanto infernal, en línea con lo que estábamos viendo en toda la isla (cambiaría en el sur, donde el tráfico es menor y hay grandes rectas). La confluencia de curvas, pendientes y densidad de vehículos, incluidos grandes camiones con trailers obliga a una conducción lenta y muy atenta, que solo se atenúa a ratos cuando aparece un tercer carril para adelantamientos. La consecuencia es que hay una elevada tasa de accidentes y la paralela campaña para reducirlos. 


Llegamos sin problemas a Orewa y aunque los alojamientos estaban siendo todos muy aceptables está superó a los que habíamos utilizado. Es el Ocean View Lodge, por el que pagamos 269 euros.



No es que tenga gran importancia para pasar una horas, pero teníamos de todo, hasta piano, y estaba muy limpia, algo que se repitió casi siempre.


Hacía calor y el paseo (necesariamente en coche porque estaba a unos dos kilómetros de carretera en cuesta) hasta la playa incluyó un primer bañito, entre otros motivos por el interés de Álvaro en estrenar la cámara acuática que había adquirido para el viaje.


Se lanzó a disparar fotos contando con nuestra colaboración, aunque descubrió que con el aparato después es un poco latoso el chapuzón.


La foto superior fue el logro de la jornada, la que unánimemente consideramos la mejor del día.


En la casa decidimos regalarnos una cena a base de pasta (con gambas y setas), ensalada y vino (en el súper los había asequibles) tras varios días de restaurante.


El hermoso comedor nos sirvió al día siguiente para el desayuno, que hacíamos siempre pronto pues madrugar no nos costaba (también nos acostábamos pronto). Tras reponer fuerzas volvimos a la ruta para dirigirnos a Cathedral Cove. Antes se personó el dueño (o encargado) para cobrar el alquiler. Sin problema alguno, siempre respetando el precio acordado.

La configuración de la isla obliga a atravesar Auckland para seguir viaje al sur. Precisamente, en la entrada de esta gran urbe (1,5 millones de habitantes, la tercera parte del total de NZ) había atasco, de lo que nos advirtió el GPS. Seguimos circulando con calma para dirigirnos a la península de Coromandel, donde se encuentra Cathedral Cove.

Restos del antiguo muelle de Thames, ahora casi una escultura marina

Antes de llegar nos detuvimos en Thames (la influencia inglesa en la toponimia), la ciudad mas importante de la zona al inicio de Coromandel. Aunque todavía teníamos una tiradita hasta Cathedral Cove, le dedicamos un buen rato.

Ya cerca de esta localidad, en una zona de fuertes curvas, nos topamos con una retención. Minutos después en una rotonda se había producido un accidente. Un camión había embestido a un turismo muy poco antes, pues no habían llegado los servicios de emergencia y unos ciudadanos trataban con buena voluntad de regular la circulación. Dentro de un coche era visible una mujer atrapada y no parecía estar muy bien. Al poco varias ambulancias y coches de policía y bomberos se dirigían al siniestro.


Recorrimos el paseo marítimo, donde se encuentra una vieja estación de tren de hace ciento y pico años, de la época del desarrollo de la ciudad por la minería del oro.


Tiene numerosas casas de época y una larga calle comercial.

Cómo no, cuenta con un gran parque con ejemplares impresionantes de un árbol endémico de esta isla, el pohutukawa, una de las variedades del metrosidero que aquí llaman también árbol rata. El de la imagen superior era realmente espectacular.


Pero había otros muchos.
Bungalow Tatahi Lodge en Hahei
Nuestro alojamiento de esa noche en Hahei, el Tatahi Lodge, eran dos cabañas muy bien estructuradas, cada una con dos habitaciones, baño y cocina-salón (152 euros cada una), todo ello en un recinto arbolado. Seguíamos considerando buena la relación calidad/precio.


Tras informarnos de la ruta y reservar un restaurante para cenar a la vuelta, nos fuimos paseando hasta Cathedral Cove, una espectacular playa.


El paseo nos llevó una hora, con abundantes bajadas y subidas y un gran descenso al final (150 escalones), siempre en medio de un paisaje vistoso.


Habíamos visto fotos, pero aún así la realidad sorprende, con una playa dividida por una roca horadada por la naturaleza, que con la marea alta cierra el acceso al segundo arenal.

A la derecha, acceso al arenal por la enorme oquedad de la roca


Era ya el final de la tarde, con el sol de retirada, pero el escenario animó a algunos a darse un chapuzón e incluso a competir con sus esculturales cuerpecitos.


El acceso en túnel no es el único atractivo de Cathedral Cove, como puede apreciarse.


La playa nos recordó la de las Catedrales, en Ribadeo, entre otras cosas porque la marea también la cierra y hay que tener muy presente cómo está cuando se programa la visita. 


En el camino de regreso seguíamos maravillados por el paisaje, tanto que tuvimos que tomar asiento para digerir tanta belleza.


Como el día discurría con tintes religiosos, tras visitar la Catedral fuimos a cenar en un restaurante que no por casualidad se llamaba The Church, ya que se ubica en una antigua iglesia.


El establecimiento tiene demanda ya que debimos aplazar la cena hasta las 7,45. Queríamos ir antes, pero no pudimos. Nuestra urgencia era el apetito, ya que no habíamos tomado nada desde el desayuno, un sistema que mantuvimos la mayor parte del viaje con un café al mediodía.


La sorpresa fue el excelente castellano de la camarera, Rosario, una peruana de Lima que llevaba un tiempo trabajando en NZ. Simpatiquísima, nos orientó con la carta, en la que había carnes y también salmón. 



Caímos en la tentación de los postres, que resultaron más contundentes de lo previsto. Sin vino (por las nubes) nos salió por 33 euros. En los días que llevábamos habíamos comprobado que la propina no se lleva (solo en Wellington nos la reclamaron al estilo americano recogiendo esa posibilidad en la propia cuenta), un alivio para el turista.


Siguiendo la costumbre, al día siguiente nos montamos nuestro desayuno en el exterior de las cabañas, en el que no nos privamos de casi nada.


Antes de abandonar Hahei nos acercamos a ver la playa más cercana al pueblo


Sin llegar a la espectacularidad de Cathedral Cove resultó un hermosísimo arenal. 



Después salimos en dirección a Matamata para seguir a continuación hasta Rotorúa, donde haríamos la primera estancia de dos noches de la ruta.