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viernes, 15 de diciembre de 2017

(1) La llamada de las antípodas

El 17 de noviembre de 2017 comenzó en Tenerife nuestra particular cuenta atrás, consistente en levantarnos a las cuatro y media de la mañana para esperar un taxi que nos depositara en Los Rodeos con el objetivo de llegar a Vigo a la una de la tarde, preparar el equipaje y, tras otro espectacular madrugón, juntarnos en el aeropuerto de Peinador y salir al día siguiente, 18 de noviembre, a las 6,40 de la mañana, hacia las antípodas vía Madrid y Hong Kong. Nada menos que hacer realidad nuestro esperado viaje a Aotearoa, que es la denominación maorí de Nueva Zelanda, literalmente, el "país de la nube blanca".

Nuestro itinerario estaba trazado por un concienzudo organizador y amigo, de nombre Álvaro, gracias al cual pudimos aprovechar al máximo nuestro tiempo en ese país después de que se leyera todos los blogs y guías al alcance de sus manos sobre el tema. El recorrido queda reflejado en el mapa adjunto, que cumplimos de forma escrupulosa, tras 4.600 kilómetros de coche. La línea roja se corresponde con la vuelta en avión de Chistchurch a Auckland que es prácticamente un puente aéreo.





Era de esos periplos largamente fraguados, como a fuego lento, que dieron lugar a muchas conversaciones previas, casi con la sensación de estar echando a volar la imaginación programando un viaje que sería difícil de culminar.

El caso es que a medida que se fue perfilando hubo adhesiones y descartes, deserciones de casi última hora por imponderables personales muy sentidos, pero, contra viento y marea, finalmente fuimos siete los que decidimos hacer realidad este viaje. De izquierda a derecha, los expedicionarios: Ana, ´
Álvaro, Alfonso, Fely, Juanma, Jaime y Beni.



Nuestra primera parada fue en Madrid, para acto seguido embarcarnos hacia Hong Kong, donde despues de 13 horas largas volando nos dimos un buen respiro de casi 14 horas para coger el avión definitivo a Auckland, donde llegamos, con puntualidad exquisita, sobre el mediodía del 20 de noviembre, cuando en España era la medianoche del día 19 .

Volamos con Cathay Pacific, una compañía radicada en Hong Kong. Los aviones fueron relativamente cómodos, teniendo en cuenta que viajábamos en turistísima. De la comida, poco que decir, sólo que no estuvo mal....del todo.


Los billetes, adquiridos por teléfono a través de la propia compañía en marzo de 2017, costaron sobre 1.300 euros, lo cual no estuvo mal considerando que incluían el vuelo Vigo-Madrid-Vigo, normalmente bastante caro, que, además, nos garantizaba la conexión caso de surgir algún problema.

También contratamos un seguro total travel de Intermundial. Para todo el viaje, con un mes de duración, e incluyendo seguro de anulación y cobertura médica incrementada hasta un máximo de 150.000 euros por barba (por aquello de que vamos un poco mayores) nos salió en 157 euros cada uno. Afortunadamente, no tuvimos que echar mano de este seguro, por lo que poco podemos decir de la citada cobertura. Solo que una persona que a última hora no pudo viajar todavía está gestionando la anulación con requerimientos un tanto peregrinos por parte de la aseguradora a pesar de que uno de los supuestos contemplados en la póliza se da claramente.


Los aviones eran bastante modernos y con una información completa durante todo el vuelo, incluyendo cámaras exteriores muy interesantes. Igualmente contaban con una abundante selección de películas y entretenimientos varios, también en español, pero mayoritariamente sudamericano.


El hecho de parar en Hong Kong a la ida y a la vuelta durante unas horas, pero suficientes para abandonar el aeropuerto y hacernos una idea de esta enorme conurbación, fue un aliciente añadido al viaje.


Nada que ver la abigarrada ciudad asiática con la apacible Nueva Zelanda, donde el protagonismo de la naturaleza es absoluto.



Para este viaje barajamos inicialmente la posibilidad de hacerlo, total o en parte, en autocaravana de alquiler. De hecho, nos encontramos muchísimas, especialmente en la isla sur. Prueba de ello es este aparcamiento en el glaciar Franz Joseph en el que casi había más autocaravanas o campers que turismos.



La experiencia de dos de los miembros del grupo, propietarios de una autocaravana, les llevó a proponernos un viaje de prueba de una semana por Portugal que hicimos en el mes de noviembre de 2015. Fuimos 11 personas en tres autocaravanas y, aunque resultó interesante, nos hizo ser conscientes del reducido espacio que tendríamos que compartir entre cuatro personas, nada menos que durante un mes y con metereología incierta, y de las incomodidades añadidas de llevar la casa a cuestas. Todo ello sin quitarle sus ventajas, que las tiene.

Decidimos, por tanto, buscar los alojamientos con un cierto margen para el cambio (sólo con posibilidad de anulación en los días previos) a través de nuestra amada Booking, y agenciarnos un vehículo de alquiler que, sin ser enorme, nos llevara a todos. El balance final fue satisfactorio: hubiéramos ido seguramente a los mismos sitios, conducir por la izquierda un vehículo más pequeño es más sencillo, los alojamientos tenían más comodidades (wifi, lavadora/secadora....) y una cierta intimidad, que cuando se pasa todo el día con otras seis personas se agradece, aunque lo cierto es que la convivencia en ese sentido fue magnífica y es sin duda uno de los valores importantes de este tipo de viajes.


Y este fue nuestro infatigable compañero en Aotearoa: un Kia Carnival de 8 plazas, especialmente apropiado para seis personas ya que dos de de los asientos eran más bien para niños o personas delgaditas. Pero nos apañamos bien los siete y conseguimos una cierta maestría para colocar todas las maletas y nuestras mochilas de paseo que no están en la foto siguiente. 



El alquiler, desde el 20 de noviembre en el aeropuerto de Auckland hasta el 14 de diciembre, en que dejamos el vehículo en el aeropuerto de Chistchurch, costó cerca de 2.000 euros y se gestionó a través de una agencia en España con la compañía EZI incluyendo la eliminación de franquicias y todos los gastos. Era un coche con muy pocos kilómetros y se portó bastante bien. Lo conducían tres personas que tuvieron que agenciarse el carné internacional en Tráfico antes de ir, aunque no hizo falta en ninguna ocasión ya que no vimos vigilancia en las carreteras. En general, eso sí, se respetaban las normas de circulación.

En cuanto a los alojamientos, optamos por una gama que no superara como media los 50 euros díarios por persona y más o menos lo logramos. A través de la web encontramos algunas casas estupendas de cuatro dormitorios en las que nos acomodábamos todos, como la de Orewa, magnífica, que nos costó a los siete 270 euros y en la que nos encantó cocinar y prepararnos un opíparo desayuno. Lástima que no paráramos más de una noche,como en la mayoría de los sitios.

Ocean View Lodge (Orewa)

Nuestras etapas, que trataremos de relatar en las siguientes entradas del blog,  fueron las siguiente:

18.11. Salida desde Vigo a Madrid y avión de Madrid a Hong Kong.

19.11. Paseo por Hong Kong.

20.11. Llegada a Auckland. Recogida del coche y tarde de descanso.

21.11. Salida hacia el Norte. Waipoua Forest. Alojamiento en Kaitaia.

22.11. Cap Reinga. Ninety Mile Beach. Alojamiento en Paihia. Roussell

23.11. Cascada de Whangarei y playa de Orewa. Alojamiento en Orewa.

24.11. Paseo por Thames y Cathedral Cove. Alojamiento en Hahei.

25.11. Hobbiton, Matamata y paseo nocturno por el bosque. Alojamiento en Rotorua.

26.11. Zona volcánica de Waiotapu y fiesta maorí en Rotorua. 

27.11. Travesía por el lago Taupo y alojamiento en el parque nacional Tongariro.

28.11. Tongariro Alpine Crossing. 

29.11. Wanganui.

30.11. Wellington.

1.12. Wellington.

2.12. Ferry estrecho de Cook. Alojamiento en Kaiteriteri.

3.12. Parque Nacional Abel Tasman.

4.12. Westport y Cabo Foulwind.

5.12. Truman Track, Panqueque Rocks. Alojamiento en Hokitika.

6.12. Glaciares Franz Joseph y Fox.

7.12. Wanaka. Paseo en jet boat.

8.12. Wanaka, Arrowtown y Queenstown.

9.12. Queenstown a Te Anau.

10.12. Fiordo Milford Sound.

11.12. De Te Anau a Invercargill.

12.12. Scenic road por los Catlins hacia Dunedin.

13.12. De Dunedin a Christchurch.

14.12.  Vuelo de Chistchurch a Auckland.

15.12. Auckland, isla de Waiheke, playa de Onetangi

16.12. Vuelo a Hong Kong.

17.12. Vuelta a casa. 

Como Álvaro organizó de forma excelente el viaje y se documentó tanto, íbamos muy bien preparados: contra las malignas sandflies (molestas moscas que pican), el frío y la lluvia...... pero en este aspecto, pocos de los augurios se hicieron, afortunadamente, realidad. Los bichitos no nos importunaron casi nada y el tiempo fue magnífico y de hecho nos bañamos en bastantes ocasiones. Fue genial atravesar con sol el Tongariro cuando estábamos hartos de leer blogs de gente que por niebla, lluvia, viento o nieve no había podido hacerlo. Y nosotros, sin embargo, disfrutamos de un día soleado y cálido... aunque justo hasta la llegada, al filo ya de las tres de la tarde, cuando comenzó a diluviar. 


Dentro del grupo hubo un cierto debate sobre la necesidad de cambiar euros por dólares neozelandeses y la cantidad. Se impuso la tesis moderada (para todos, 400 euros), aunque alguno planteaba directamente no cambiar y utilizar en exclusiva tarjetas de crédito. Finalmente, comprobamos que se puede (casi) vivir sin moneda local. Sin embargo, el adalid del no cambio sufrió en sus carnes tal teoría cuando en medio de una urgencia no podía acceder a un baño público, para lo que precisaba una monedita de medio dólar de la que carecía. Por lo demás, las tarjetas son aceptadas en todos los sitios, aunque con frecuencia recargan un 2 o un 3 % por su utilización. A veces, al pagar te preguntan si quieres hacerlo en dólares neozelandeses o en euros; optamos por la primera opción que al parecer era más ventajosa.

Haciendo el tonto en el divertido "Centro del Puzzle" de Wanaka

Antes de entrar en materia, señalar que volvemos de NZ con una imagen favorable de sus habitantes, que encontramos allí mucho hispanohablante (fundamentalmente estudiantes sudamericanos con el  programa Working Holiday pasando unos meses mezcla de trabajo y aprendizaje del inglés) y que sus infraestructuras no están a la altura de las nuestras, especialmente sus carreteras. Ni rastro de autovías, cientos de puentes de un solo carril y todo ello con mucho tráfico, especialmente en la isla norte. 


Y también muchos kiwis (apelativo que se dan a sí mismos los neozelandeses) que habían estado en España, e incluso, en una playa, uno de ellos que lanzó la inesperada pregunta en ese contexto de ¿qué pasa en Cataluña?

En muchos casos nos alojamos en moteles tipo americano, normalmente en dos apartamentos de dos habitaciones con saloncito, cocina simple y uno o dos baños. A pesar de ser muy parecidos y bastante impersonales, son muy prácticos ya que cuentan con lo necesario para una paradita breve y, en general están superlimpios, pese a que utilizan de manera generalizada la moqueta. En la mayoría también hay wifi gratuita , aunque algunos la limitaban, un problema cuando se viene del otro lado del mundo. Además, siempre aparcabas junto a la puerta, lo cual no deja de ser una ventaja.


Nos llamó la atención la escasez (salvo casos puntuales en ciudades grandes) de pasos de peatones, lo que obliga a los viandantes a buscarse la vida, algo complicado para nosotros ya que conducen por la izquierda. Cruzar las calles era un poco como jugarse el tipo aunque bien es verdad que los conductores eran bastante considerados.

Y unos artistas con los museos, los vimos de nivel y siempre con acceso gratuito. Tampoco pagamos nada por acceder a ningún parque nacional. Y como píldoras finales, resaltar los magníficos parques de sus ciudades, la existencia de árboles excepcionales y llamativos en numerosos lugares, las señales vetando el consumo de alcohol en la calle y las evidentes limitaciones al consumo de tabaco por las calles, lo limpio que está el país pese a que no abundan las papeleras, lo caro que es el vino (y eso que tienen muchos viñedos, sobre todo en el sur), lo barata que es la gasolina, entre 70 céntimos y 1,10 euros el diésel, pero mejor entrar en materia  e ir desgranando la Nueva Zelanda que nosotros vimos en las entradas que siguen. 

El helecho, símbolo de Nueva Zelanda

La referencia del turismo en Nueva Zelanda  son los centros de información o I Site, repartidos por todo el país. Están situados en edificios públicos muy céntricos y ofrecen un servicio muy completo al turista: información, reservas, souvenires, consejos......cualquier cosa que se necesite, desde un restaurante hasta un alojamiento o la información sobre el tiempo que va a hacer en el Tongariro al día siguiente. Entramos en muchos y siempre con la idea de que íbamos a ser bien atendidos, con el detalle de que cierran a las 5/6 de la tarde.

I Site de Matamata
Esperamos que lo disfrutéis. Nosotros, desde luego, pasamos allí un mes inolvidable aunque el choque fue morrocotudo: llegamos tras una visita rápida a Hong Kong, donde se amontonan 7,4 millones de personas en 1.100 kilómetros cuadrados, bastantes más que los 4,7 millones de Nueva Zelanda que disponen de 268.000 kilómetros cuadrados para ellos solos, la mitad que España y 240 veces más que la ciudad china.


martes, 12 de diciembre de 2017

(4) Explorando la costa este

Vista de Paihia desde nuestra casa de alquiler
No hay mucho que añadir a la imagen idílica de la Bay of Islands, en la que se encuentra Paihia, nuestra siguiente parada. La pudimos disfrutar desde nuestra casa (la Marlin House), donde pasamos una noche. Nos acomodamos en una especie de piso con cuatro habitaciones y dos baños. A pesar de que no cenamos en la casa, la verdad es que la cocina estaba superbien acondicionada y dotada con todo tipo de menaje. 


Los propietarios residían en una vivienda anexa y nos mostraron nuestros aposentos. Dado el buen tiempo, la terraza, con vistas maravillosas,  en la que desayunaríamos al día siguiente, resultó la pieza principal.


Es una de las ventajas de contar con cocina, como así fue en muchas ocasiones. Por lo demás, el apartamento fue amplio y bastante cómodo. Pagamos unos 225 euros por una noche.



Tras instalarnos, mientras un grupo hizo algo de compra el resto gestionó en el I Site los billetes del ferry que unos días después nos permitiría trasladarnos a la isla sur por el estrecho de Cook. Después dimos una vuelta por la agradable localidad de  Paihia, ya que no habíamos llegado a tiempo para pillar un barco que nos diera una vuelta por la bahía, tal y como teníamos previsto.



Dentro de la intendencia económica del grupo (siete personas un mes completo) fue vital disponer de splitwise, una aplicación que habíamos instalado todos en el móvil. Se encarga de llevar la contabilidad y da igual quien pague. Se anota y se indica a quien corresponde el gasto, realiza la división y organiza las deudas. Va modificándose con nuevos gastos y siempre se sabe cuánto ha pagado cada uno y a quien debe o quien le debe. Es magnífica y nos permitió desterrar los vetustos botes, por lo demás complicados en el extranjero. Hemos comprobado que ya no podemos viajar sin ella, aunque sean desplazamientos más sencillos, un alivio para nuestra habitual tesorera.

Además de gestionar el ferry futuro, esa misma tarde cruzamos en barco a Russell, al otro lado de la bahía.


Fue un desplazamiento corto, al estilo de cruzar la ría deVigo, e igual de agradable.



Pese a tratarse de una pequeña localidad (no llega al millar de habitantes), Russell tiene mucha historia: fue el primer asentamiento europeo en NZ y también el primer puerto del país. Y allí está igualmente la iglesia más antigua.


Ajenos a tanta historia y edificios singulares, un hito en un país tan joven, nos dedicamos a pasear, disfrutar del paisaje y el pueblo y a bromear, todo ello antes de ir a cenar. Sí nos dimos cuenta que es un apreciado lugar de veraneo para los neozelandeses por ser de las zonas con mejor temperatura.


Elegimos The Gables y esta vez optamos por especialidades de pescado, excepto algunos que se dejaron seducir por el anuncio del mejor fish and chips de NZ... y luego miraban con envidia los pescados sin rebozar. La cena estuvo bien, pero el servicio fue excepcionalmente lento y el local disponía de una iluminación tan escasa que parecía de los primeros pobladores. 


Después de cenar retornamos por la misma vía marítima a Paihia disfrutando de la vista nocturna. Teníamos ganas de ir a la cama, pues aunque iban pasando los días el jet lag seguía. A la vuelta, ya en Galicia, se repetirá la situación, incluso agravada. 

En la Marlin House, antes de acostarnos, cerramos la operativa del periplo sacando los billetes de avión de Cristchurch a Auckland (final del viaje), que costaron menos de 100 euros cada uno, maleta incluída. 

Pese al cansancio vespertino, a la mañana siguiente veíamos todo de otro color desde la terraza. Aunque la casa estaba bien, tuvimos problemas con la wifi, que tardó en estar disponible. En general funcionó bien durante el viaje, con la excepción de moteles que solo daban acceso limitado en datos, con lo que inevitablemente pasado un rato se terminaba y debías pagar o quedarte sin Internet. En otros fue totalmente libre y con elevada velocidad, lo que agradecimos para poder estar en contacto con nuestra gente y también informados. Solo hubo un sitio donde no hubo wifi de ningún tipo en el Parque Nacional Tongariro.


Si Russell fue el primer asentamiento, muy cerca de Paihia, en Waitangi, se escribió la historia moderna de Nueva Zelanda con el famoso acuerdo suscrito con los maoríes de 1840. Pese a su confusa redacción, se considera un documento fundamental de NZ y los pobladores nativos entendieron garantizados sus derechos.
Existe un museo dedicado a analizar con detalle el tratado (foto inferior), pero la visita superaba las dos horas, con las que no contábamos y el precio nos pareció elevado para una visita guiada en inglés de NZ que no íbamos a entender. Prescindimos y lo cambiamos por un paseo reposado por la playa cercana.


De seguido proseguimos ruta en dirección a Orewa (196 kilómetros, dos horas y 40 minutos de coche), recorriendo la cara este del norte de la isla, casi siempre lejos del mar. Antes hicimos una larga parada en Whangarei Falls, llamativas cascadas situadas muy cerca de la ciudad del mismo nombre.


No son las de Iguazú ni su altura es extraordinaria (25 metros), pero conforman un escenario agradable y refrescante. Aquí un video.



Son muy conocidas y presumen de ser las más fotografiadas del país.


Descendimos a su base y dimos un paseo por un área boscosa que destaca por su vegetación autóctona y densa.



Whangarei es la urbe más septetrional de NZ (75.000 habitantes) y, como todas, está muy extendida ya que los edificios en altura, fuera del centro de las grandes ciudades, son una rareza.


Tiene un área muy cuidada junto al puerto deportivo, lleno de tiendas y restaurantes, donde nos detuvimos hasta el momento marcharnos.


La carretera hasta Orewa nos pareció un tanto infernal, en línea con lo que estábamos viendo en toda la isla (cambiaría en el sur, donde el tráfico es menor y hay grandes rectas). La confluencia de curvas, pendientes y densidad de vehículos, incluidos grandes camiones con trailers obliga a una conducción lenta y muy atenta, que solo se atenúa a ratos cuando aparece un tercer carril para adelantamientos. La consecuencia es que hay una elevada tasa de accidentes y la paralela campaña para reducirlos. 


Llegamos sin problemas a Orewa y aunque los alojamientos estaban siendo todos muy aceptables está superó a los que habíamos utilizado. Es el Ocean View Lodge, por el que pagamos 269 euros.



No es que tenga gran importancia para pasar una horas, pero teníamos de todo, hasta piano, y estaba muy limpia, algo que se repitió casi siempre.


Hacía calor y el paseo (necesariamente en coche porque estaba a unos dos kilómetros de carretera en cuesta) hasta la playa incluyó un primer bañito, entre otros motivos por el interés de Álvaro en estrenar la cámara acuática que había adquirido para el viaje.


Se lanzó a disparar fotos contando con nuestra colaboración, aunque descubrió que con el aparato después es un poco latoso el chapuzón.


La foto superior fue el logro de la jornada, la que unánimemente consideramos la mejor del día.


En la casa decidimos regalarnos una cena a base de pasta (con gambas y setas), ensalada y vino (en el súper los había asequibles) tras varios días de restaurante.


El hermoso comedor nos sirvió al día siguiente para el desayuno, que hacíamos siempre pronto pues madrugar no nos costaba (también nos acostábamos pronto). Tras reponer fuerzas volvimos a la ruta para dirigirnos a Cathedral Cove. Antes se personó el dueño (o encargado) para cobrar el alquiler. Sin problema alguno, siempre respetando el precio acordado.

La configuración de la isla obliga a atravesar Auckland para seguir viaje al sur. Precisamente, en la entrada de esta gran urbe (1,5 millones de habitantes, la tercera parte del total de NZ) había atasco, de lo que nos advirtió el GPS. Seguimos circulando con calma para dirigirnos a la península de Coromandel, donde se encuentra Cathedral Cove.

Restos del antiguo muelle de Thames, ahora casi una escultura marina

Antes de llegar nos detuvimos en Thames (la influencia inglesa en la toponimia), la ciudad mas importante de la zona al inicio de Coromandel. Aunque todavía teníamos una tiradita hasta Cathedral Cove, le dedicamos un buen rato.

Ya cerca de esta localidad, en una zona de fuertes curvas, nos topamos con una retención. Minutos después en una rotonda se había producido un accidente. Un camión había embestido a un turismo muy poco antes, pues no habían llegado los servicios de emergencia y unos ciudadanos trataban con buena voluntad de regular la circulación. Dentro de un coche era visible una mujer atrapada y no parecía estar muy bien. Al poco varias ambulancias y coches de policía y bomberos se dirigían al siniestro.


Recorrimos el paseo marítimo, donde se encuentra una vieja estación de tren de hace ciento y pico años, de la época del desarrollo de la ciudad por la minería del oro.


Tiene numerosas casas de época y una larga calle comercial.

Cómo no, cuenta con un gran parque con ejemplares impresionantes de un árbol endémico de esta isla, el pohutukawa, una de las variedades del metrosidero que aquí llaman también árbol rata. El de la imagen superior era realmente espectacular.


Pero había otros muchos.
Bungalow Tatahi Lodge en Hahei
Nuestro alojamiento de esa noche en Hahei, el Tatahi Lodge, eran dos cabañas muy bien estructuradas, cada una con dos habitaciones, baño y cocina-salón (152 euros cada una), todo ello en un recinto arbolado. Seguíamos considerando buena la relación calidad/precio.


Tras informarnos de la ruta y reservar un restaurante para cenar a la vuelta, nos fuimos paseando hasta Cathedral Cove, una espectacular playa.


El paseo nos llevó una hora, con abundantes bajadas y subidas y un gran descenso al final (150 escalones), siempre en medio de un paisaje vistoso.


Habíamos visto fotos, pero aún así la realidad sorprende, con una playa dividida por una roca horadada por la naturaleza, que con la marea alta cierra el acceso al segundo arenal.

A la derecha, acceso al arenal por la enorme oquedad de la roca


Era ya el final de la tarde, con el sol de retirada, pero el escenario animó a algunos a darse un chapuzón e incluso a competir con sus esculturales cuerpecitos.


El acceso en túnel no es el único atractivo de Cathedral Cove, como puede apreciarse.


La playa nos recordó la de las Catedrales, en Ribadeo, entre otras cosas porque la marea también la cierra y hay que tener muy presente cómo está cuando se programa la visita. 


En el camino de regreso seguíamos maravillados por el paisaje, tanto que tuvimos que tomar asiento para digerir tanta belleza.


Como el día discurría con tintes religiosos, tras visitar la Catedral fuimos a cenar en un restaurante que no por casualidad se llamaba The Church, ya que se ubica en una antigua iglesia.


El establecimiento tiene demanda ya que debimos aplazar la cena hasta las 7,45. Queríamos ir antes, pero no pudimos. Nuestra urgencia era el apetito, ya que no habíamos tomado nada desde el desayuno, un sistema que mantuvimos la mayor parte del viaje con un café al mediodía.


La sorpresa fue el excelente castellano de la camarera, Rosario, una peruana de Lima que llevaba un tiempo trabajando en NZ. Simpatiquísima, nos orientó con la carta, en la que había carnes y también salmón. 



Caímos en la tentación de los postres, que resultaron más contundentes de lo previsto. Sin vino (por las nubes) nos salió por 33 euros. En los días que llevábamos habíamos comprobado que la propina no se lleva (solo en Wellington nos la reclamaron al estilo americano recogiendo esa posibilidad en la propia cuenta), un alivio para el turista.


Siguiendo la costumbre, al día siguiente nos montamos nuestro desayuno en el exterior de las cabañas, en el que no nos privamos de casi nada.


Antes de abandonar Hahei nos acercamos a ver la playa más cercana al pueblo


Sin llegar a la espectacularidad de Cathedral Cove resultó un hermosísimo arenal. 



Después salimos en dirección a Matamata para seguir a continuación hasta Rotorúa, donde haríamos la primera estancia de dos noches de la ruta.